La angustia

Huir ¿de qué huye el hombre sino de su propia luz? 

(Miguel Oscar Menassa)

En este artículo vamos a hablar de la angustia, síntoma del que se quejan la mayoría de los enfermos nerviosos como de su más terrible sufrimiento. Tiene gran importancia ya que puede ser de extraordinaria intensidad y llevar al enfermo a cometer grandes insensateces.

Todos nosotros hemos experimentado alguna vez la angustia, aunque haya sido una sola vez.

El psicoanálisis se dedica a estudiar la angustia utilizando hipótesis psicológica ya que no se puede dar una explicación satisfactoria de la angustia utilizando explicaciones biológicas.

Para comenzar incidiremos en la idea de que se puede tratar la angustia sin relacionarla con los estados neuróticos. De hecho, existe una angustia real, diferente de la angustia neurótica, que se nos muestra como algo racional y comprensible y que puede definirse como la reacción a una percepción de un peligro exterior, es decir, de un daño esperado y previsto. Aparece ligada al reflejo de fuga y podría considerarse como una manifestación del instinto de conservación.

Pero, ¿ante qué objetos y en qué situaciones se produce la angustia?

Va a depender de los conocimientos y los sentimientos de potencia que el sujeto tenga ante el mundo exterior. Por ejemplo, nos parecería normal que un salvaje sienta miedo ante un cañón o un eclipse solar, pero no sería normal que un europeo, que sabe manejar las armas de fuego y predecir el eclipse, experimente angustia en estos casos. En otros casos, es el saber demasiado lo que produce la sensación, porque nos permite prever el peligro antes de su llegada. Por ejemplo, el salvaje experimentará miedo al ver la huella de un peligroso animal, mientras que para el europeo va a carecer de toda significación.

Pero el psicoanálisis somete a revisión nuestro juicio de la racionalidad y la adaptación a un fin de la angustia real. La única actitud racional sería, dada la amenaza de un peligro, comparar nuestras fuerzas con la gravedad de la amenaza y decidir después si la forma más eficaz de escapar al peligro es la fuga, la defensa o el ataque. Pero en esta actitud no hay lugar alguno para la angustia, que cuando alcanza cierta intensidad llega a paralizar toda acción de defensa, impidiendo incluso la fuga.

Generalmente la reacción ante un peligro se compone de un sentimiento de angustia y una reacción de defensa. Por ejemplo, un animal asustado experimenta angustia y huye, pero sólo la fuga tiene un fin, la angustia carece de fin. Esto nos hace ver en la angustia algo incongruente. En una situación de peligro observamos que el sujeto se halla preparado para la aparición de la amenaza lo que se manifiesta en un incremento de la atención sensorial y de la tensión motriz. Este estado de espera y preparación es muy favorable para el sujeto. De él se deriva, por una parte, la acción motora que va desde la fuga a la defensa activa y, por otra, aquello que experimentamos como un estado de angustia. Cuanto menos angustia se desarrolle, más rápida y racionalmente se transforma la preparación ansiosa en acción. Entonces el estado de preparación ansiosa se nos presenta como algo útil y ventajoso, mientras que la angustia parece algo perjudicial y contrario al fin.

Pero, ¿qué diferencia existe entre la “angustia”, el “susto” y el “miedo”?. La angustia se refiere tan sólo al estado (abstrayéndolo de todo objeto). En el miedo, la atención se halla concentrada sobre una causa objetiva (un perro, la oscuridad, etc.). El susto se refiere al efecto de un peligro para el que no estábamos preparados por un previo estado de angustia. Podríamos decir entonces, que el hombre se defiende contra el susto por medio de la angustia.

Pasemos ahora a la angustia neurótica. Existen tres formas de esta angustia:

1. Primera forma de angustia neurótica: Encontramos en los pacientes neuróticos un estado general de angustia, una angustia que podríamos calificar de flotante, dispuesta a adherirse al contenido de la primera representación adecuada. Esta angustia influye sobre los juicios del sujeto, influye en las esperas y espía atentamente toda ocasión que pueda justificarla, por lo que también se le da el calificativo de angustia de espera o espera ansiosa. Las personas que padecen esta angustia, prevén siempre las cosas más terribles, ven en cada suceso accidental el presagio de una desdicha y se inclinan siempre a lo peor cuando se trata de un hecho inseguro o incierto. Esta tendencia se observa en muchos individuos que fuera de esto no presentan ninguna enfermedad, siendo considerados como personas de humor sombrío o pesimista. Pero si esta angustia de espera se intensifica puede convertirse en una neurosis de angustia.

2. Segundo tipo de angustia neurótica: aparece asociada a determinados objetos y situaciones. Ésta es la angustia que caracteriza a las fobias, tan numerosas como singulares: fobia a la oscuridad, al aire libre, a los espacios descubiertos, a los gatos, a las arañas, a las orugas, a las serpientes, a los ratones, a las tormentas, a las puntas agudas, a la sangre, a los espacios cerrados, a las multitudes humanas, a la soledad, al paso por puentes, a las travesías por mar, al viaje por ferrocarril, etc. Pero podemos establecer tres grupos de fobias:

A. Los objetos del primer grupo tienen algo de siniestro para todas las personas, porque recuerdan un peligro. Por esta razón las fobias a estos objetos no nos parecen incomprensibles aunque sí de intensidad exagerada. Por ejemplo la repulsión a las serpientes.

B. En el segundo grupo se incluyen los caos en los que existe un peligro pero, tan lejano, que no solemos tenerlo en cuenta. Por ejemplo, sabemos que un viaje en tren nos expone a un riesgo de accidente que evitaríamos si nos quedáramos en casa, pero no por ello dejamos de viajar, sin experimentar angustia y sin pensar en esos peligros. O en el caso de la soledad, está justificado que procuremos evitarla en algunas circunstancias, pero eso no quiere decir que no podamos soportarla en otras. En este caso, lo que nos parece extraño no es el contenido de la fobia, sino su intensidad.

C. El tercer tipo escapa por completo a la comprensión popular. Incluye las fobias que tienen por objeto a algunos animales, por ejemplo el terror de una mujer porque un gato le roza la falda o porque se le cruza un ratón. Es obvio que no se trata de una exageración de una antipatía generalmente humana, ya que hay personas que aman a los gatos o compran ratones y los tienen como mascotas tomándolos y acariciándolos. En el caso de los agorafóbicos que, por ejemplo, no pueden cruzar la calle, observamos que se comportan como niños. La educación trata de hacer entender al niño que hay situaciones que son un peligro para él y que, por tanto, no debe abordar solo. Lo mismo sucede con los agorafóbicos que si van acompañados, sí son capaces de cruzar la calle.

3. Tercera forma de angustia neurótica: presenta una absoluta falta de relación entre la angustia y un peligro que la justifique. Por ejemplo, en la histeria aparece en una excitación cualquiera que hace esperar otra manifestación afectiva pero no la de angustia. Puede producirse sin causa aparente y de una forma incomprensible, tanto para el terapeuta como para el enfermo, ya que se trata de un acceso espontáneo sin que exista peligro alguno o pretexto para tal exageración. En estos accesos espontáneos el estado de angustia es susceptible de disociación: el acceso puede ser reemplazado en su totalidad por un único pero muy intenso síntoma –temblores, vértigos, palpitaciones u opresión- y sin embargo falta o aparece de una forma muy poco intensa, el sentimiento general característico de la angustia. Serían “estados equivalentes de la angustia”.

¿Existe un enlace entre la angustia neurótica, en la que el peligro no juega ningún papel o es mínimo  y la angustia real que es siempre una reacción a un peligro? Vamos a salvar el principio de que cada vez que se presenta la angustia hay algo que la provoca. Pero vamos a ver qué es lo que sucede en cada una de las formas de la angustia neurótica:

A. La angustia de espera o estado de angustia general depende íntimamente de ciertos procesos de la vida sexual. Por ejemplo, el caso de personas que experimentan una gran excitación sexual frustrada. En estas circunstancias, si la excitación libidinosa adquiere cierto grado de intensidad sin posibilidad de derivación ni descarga por sublimación, desaparecerá dando paso a la angustia, ya sea en la forma de angustia de espera o en la de sus equivalentes. El curso del estado patológico depende siempre de factores cuantitativos.

Ciertas fases de la vida, como la pubertad y la menopausia que favorecen la exaltación de la libido, influyen en la producción de las enfermedades caracterizadas por la angustia.

En otros estados de excitación también observamos la combinación angustia y libido y la sustitución final de la libido por la angustia.

B. El análisis de las psiconeurosis y más concretamente de la histeria, nos aporta otro dato importantísimo. En esta enfermedad aparece la angustia acompañando a los síntomas pero también aparece una angustia independiente de los síntomas en forma de estado permanente o de accesos. El enfermo no sabe decir porque experimenta angustia y solo por una elaboración secundaria enlaza su estado a alguna fobia (a la muerte, a la locura, a un ataque de apoplejía). Cuando analizamos la situación que provoca la angustia, encontramos casi siempre, esa corriente psíquica normal que no ha alcanzado su fin y ha sido reemplazada por el fenómeno de angustia.

La angustia sería la moneda corriente por la que se cambia o pueden cambiarse todas las excitaciones afectivas cuando su contenido de representación ha sucumbido a la represión.

C. Un tercer dato nos lo proporciona el estudio de los pacientes obsesivos. Estos pacientes cuando obedecen a su obsesión, no presentan angustia. Pero si se les trata de impedir la realización de los actos, experimentan una terrible angustia que les obliga de nuevo a ceder a su enfermedad. La angustia se encuentra disimulada dentro del acto obsesivo y éste se realiza como un medio de escapar de ella. Así si la angustia no se manifiesta al exterior en la neurosis obsesiva es por haber sido reemplazada por los síntomas.

Conclusión: los síntomas se forman para impedir el desarrollo de la angustia que, sin ellos, aparecería inevitablemente.

Hasta aquí hemos visto que si la libido se desvía de su aplicación normal se produce la angustia como resultado final de procesos somáticos. Y también hemos visto, en el caso de la histeria y la neurosis obsesiva, que la angustia puede aparecer como consecuencia de una desviación de los factores psíquicos.

Volvemos a la pregunta de la relación existente entre la angustia neurótica, resultante de una aplicación anormal de la libido, y la angustia real, que resulta de la reacción a un peligro. Encontramos la clave en la oposición entre el yo y la libido: la angustia real se desarrolla cuando el yo reacciona ante el peligro exterior como una señal para la fuga. Por analogía, la angustia neurótica resulta de una reacción del yo para escapara a las exigencias de la libido (del deseo inconsciente). Así el yo, se comporta respecto al peligro interior del mismo modo que si de un peligro exterior se tratase. Entonces, siempre hay algo que motiva la angustia, un peligro exterior o un peligro interior.

Seguimos con el paralelismo: frente a un peligro exterior, la tendencia de huir queda anulada por la de hacerlo frente y la adopción de las medidas de defensa. En el caso del peligro interior, el desarrollo de angustia queda interrumpido por la formación de síntomas (la enfermedad sería como una defensa frente al peligro interior, un peligro del que nos defendemos mediante la enfermedad). Lo más conveniente es que una persona no se oponga a su libido como si de un peligro externo se tratase.

Es inexacto afirmar que la angustia neurótica es secundaria a la angustia real, pues la observación del niño nos muestra algo que, conduciéndose como la angustia real, tiene con la angustia neurótica un rasgo común esencial: procede de una libido inempleada.

Si el niño se asusta a la vista de rostros extraños, es porque espera siempre ver el de su madre, persona familiar y amada, y la tristeza y decepción se transforman en angustia. La libido se hace inutilizable, no puede mantenerse en suspensión y deriva en angustia.

El niño no parece sujeto a la angustia real sino en un mínimo grado. Todas las situaciones que después pueden convertirse en situaciones de fobia no le provocan al niño ninguna angustia: la altura, el viaje en tren. De hecho el niño tiene una idea exagerada de sus fuerzas, ignora el peligro (corre al borde del agua, juega con objetos cortantes, etc.) y sólo a fuerza de educación acaban los adultos por despertar en el niño la angustia real.

Conclusión: la angustia infantil no tiene casi ningún punto de contacto con la angustia real. Por el contrario se aproxima considerablemente a la angustia neurótica de los adultos. Su origen está en una libido inempleada.

En el caso de la fobia, su desarrollo es idéntico al de la angustia infantil: la libido inempleada sufre una transformación en angustia real aparente. De tal forma que el más mínimo peligro queda capacitado para constituirse como sustitutivo de las exigencias libidinosas.

De este modo no podemos estudiar las fobias centrándonos en su contenido (es decir, porqué un objeto o situación se convierten en objetos de fobia), porque así sólo llegamos a un conocimiento deficiente de este fenómeno. Como en el caso de los sueños, habrá que ir más allá en el análisis para descubrir el contenido latente y el deseo inconsciente que sustentan esa enfermedad.

Virginia Valdominos

  • Bibliografía:
     Freud, Sigmund (1915-1917). Lecciones Introductorias al psicoanálisis. En Biblioteca Sigmund Freud. Obras Completas (2001). Madrid: Editotial Biblioteca Nueva
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