En estos artículos hablamos de salud mental desde el psicoanálisis, con un lenguaje cercano a la vida cotidiana, pero con el rigor que nos enseñaron Freud, Lacan, Menassa y la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero.
Hoy abordamos un tema propuesto por uno de nuestros seguidores: la duda.
Un tema que nos atraviesa a todos, pero que en algunos casos puede paralizar la vida.
Porque todos dudamos.
La duda forma parte de la existencia humana.
Dudamos en el amor, en el trabajo, en las decisiones económicas, en la crianza de los hijos, en la salud.
Sin embargo, el problema no es la duda. El problema es quedar atrapado en ella.
Desde el psicoanálisis distinguimos entre la duda normal, cotidiana, y la duda obsesiva.
La duda cotidiana es aquella que nos permite reflexionar, evaluar, pensar antes de decidir.
Nos protege de la impulsividad.
Pero la duda obsesiva no protege.
La duda obsesiva impide vivir.
Freud decía que en toda obsesión hay dos elementos fundamentales:
- Una idea que se impone al sujeto.
- Un estado emotivo asociado.
Ese estado puede ser la duda, el remordimiento, la cólera o la angustia.
Es muy importante entender esto:
En muchas personas que padecen síntomas obsesivos, el estado emotivo permanece constante y lo que cambia es la idea.
Es decir, hoy dudan de una cosa, mañana de otra, pasado de otra… pero la emoción es la misma.
- Hay personas que dudan sucesivamente de muchas cosas:
- ¿Apagué el gas?
- ¿Mandé bien ese correo?
- ¿Dije algo inadecuado?
- ¿Le habré hecho daño a alguien?
- ¿Estoy en la relación correcta?
- ¿Estoy en el trabajo correcto?
En otros casos, ocurre lo contrario: la idea permanece fija.
Freud describe, por ejemplo, el caso de una joven que sentía un odio incomprensible hacia todas las criadas de su casa. Aunque cambiara la criada, el sentimiento persistía.
Lo que vemos aquí es que no se trata de la realidad, sino de un conflicto interno.
En la duda obsesiva, el sujeto empieza incluso a desconfiar de su propia memoria.
Porque la obsesión interrumpe el curso normal del pensamiento.
A todos nos ha pasado algo parecido:
Si estamos leyendo una carta y alguien nos interrumpe repetidamente, podemos perder la seguridad de haber entendido bien lo que leímos.
Entonces volvemos a leer.
O si estamos haciendo una cuenta y nos distraen, la repetimos.
Esto es normal.
Pero en la obsesión, esta situación se generaliza.
La duda se convierte en una consecuencia lógica de la presencia constante de pensamientos intrusivos.
Por ejemplo, esa misma joven que odiaba a las criadas se volvió excesivamente lenta en los actos cotidianos.
Necesitaba horas para vestirse, para arreglarse, para atarse los cordones.
Decía que no podía atender a su tocado mientras las ideas obsesivas la perturbaban.
O el caso de otra joven que, después de escribir una carta, recogía todos los papeles que veía por miedo a haber confesado un amor secreto sin darse cuenta.
Más tarde desarrolló la obsesión de anotar los números de los billetes de banco.
Como vemos en estos ejemplos, los actos obsesivos tienen sentido.
No son absurdos.
Son mensajes que el inconsciente intenta expresar.
Por eso, en psicoanálisis, el síntoma no se elimina sin más.
Se interpreta.
Los actos obsesivos, los rituales, los ceremoniales, todos entrañan un significado.
Otra característica importante es que el obsesivo necesita la inseguridad.
Parece contradictorio, pero es así.
Hay un esfuerzo inconsciente por permanecer en la duda.
La enfermedad utiliza la duda para aislar al sujeto de la realidad, para mantenerlo al margen de la acción, del deseo, del riesgo.
La duda, en muchos casos, tiene que ver con la constitución psíquica del sujeto y con la introducción del significante padre.
Freud estudió esto en textos como Tótem y tabú y Moisés y la religión monoteísta, donde trabajó la importancia de la función paterna en la cultura y en la organización del aparato psíquico.
Cuando esta función no se instala de forma suficientemente estructurante, puede aparecer la omnipotencia del pensamiento.
El sujeto cree que pensar equivale a hacer.
Que desear equivale a provocar.
- Por eso aparece la culpa.
- Por eso aparece el temor.
- Por eso aparece la duda.
Freud mostró que contra un intenso amor puede levantarse un intenso odio.
Esta ambivalencia es universal.
Todos los seres humanos amamos y odiamos al mismo tiempo.
Pero en el obsesivo esta ambivalencia domina su pensamiento.
Duda de su propio amor.
Y esa duda se desplaza hacia cuestiones pequeñas, insignificantes, aparentemente absurdas.
El famoso caso del Hombre de las Ratas lo ilustra bien.
Paseando por un camino, vio una piedra y pensó que podría causar un accidente.
La quitó.
Pero luego comenzó a dudar si había hecho bien o mal.
Y terminó volviendo a poner la piedra.
No se trata de lógica.
Se trata de conflicto.
El obsesivo no puede dejar de pensar.
El pensamiento está erotizado.
Son personas muchas veces muy inteligentes, con una capacidad precoz para el saber, pero también con una represión temprana del placer y del deseo.
El síntoma aparece entonces como un obstáculo al cumplimiento del deseo.
Porque la estructura de su deseo es, muchas veces, un deseo imposible.
- Querer y no querer al mismo tiempo.
- Crecer y no crecer.
- Amar y no amar.
- Ganar dinero y no exponerse.
Y esto no ocurre solo en el TOC.
Muchísimas personas viven hoy en esta parálisis.
Personas brillantes, capaces, que sin embargo sienten que su vida está en pausa.
Que siempre están esperando el momento adecuado.
Que dudan antes de emprender, antes de comprometerse, antes de arriesgar.
El psicoanálisis ofrece una salida.
No porque elimine la duda, sino porque le resta fuerza, la transformar y te permite avanzar.
El objetivo no es no dudar nunca.
El objetivo es que la duda deje de gobernar tu vida.
Que puedas decidir, actuar, construir, amar, trabajar.
Si te sientes identificado, si llevas demasiado tiempo paralizado, este puede ser un buen momento para comenzar.
Virginia Valdominos. Psicóloga y Psicoanalista del Grupo Cero
Porque la vida no espera a que estemos seguros.
Podéis dejar vuestras preguntas en comentarios para próximos programas.
Hasta el próximo encuentro.
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