ESPACIO DE PSICOANÁLISIS Y SALUD MENTAL
Psicoanálisis y psicoanálisis relacional: la función del analista
Hoy partimos de una pregunta interesante, porque no es solo teórica, es clínica:
¿Qué diferencia hay entre el psicoanálisis y el llamado psicoanálisis relacional?
Y, sobre todo:
¿Cuál es la función del analista?
Porque según cómo respondamos a esto, cambia completamente la práctica.
En muchas corrientes contemporáneas se habla de “relación”, de vínculo, de encuentro entre dos personas. Se pone el acento en lo que ocurre entre paciente y terapeuta como si se tratara de una relación más, una relación humana significativa, incluso reparadora.
Y aquí conviene hacer una precisión.
En psicoanálisis no trabajamos con la relación en sí misma, sino con lo que en esa relación se pone en juego sin que el sujeto lo sepa.
Es decir, no es una relación “real” en el sentido habitual.
Es una relación transferencial.
Pero hay que ir un paso más allá.
En psicoanálisis no se relaciona un paciente con un psicoanalista como dos individuos aislados.
El psicoanálisis es un hecho exquisitamente comunitario.
Lo que se pone en juego no son dos personas, sino dos comunidades, dos formas de pensar.
Por un lado, el paciente llega con una comunidad ideológica: sus creencias, sus modos de entender la vida, sus explicaciones sobre sí mismo, heredadas de la familia, de la cultura, de la época.
Por otro lado, el psicoanálisis introduce una comunidad científica, con sus conceptos, su método, su ética, su forma de leer lo que ocurre.
Y es en ese encuentro donde el análisis se produce.
El paciente no se relaciona con el analista como con cualquier otro.
Se relaciona con sus propios significantes, con su historia, con sus modos de amar, de odiar, de sufrir.
Y el analista no está ahí para responder como persona.
Esta es la diferencia fundamental.
Si el analista responde desde su yo, desde su personalidad, desde su experiencia o desde su empatía entendida como identificación, lo que hace es cerrar el proceso.
Porque en lugar de abrir el campo del inconsciente, lo sustituye por una relación imaginaria.
Y eso puede ser reconfortante, pero no es psicoanálisis.
La función del analista no es comprender al paciente, ni acompañarlo, ni aconsejarle, ni ofrecerle una relación mejor.
La función del analista es sostener una posición.
Una posición que no es fija, sino que se transforma a lo largo del tratamiento.
Al comienzo, el analista ocupa el lugar de sujeto supuesto saber.
Es el paciente quien le atribuye un saber sobre lo que le ocurre. Y es esa suposición la que pone en marcha la transferencia, la que permite que el sujeto hable, que asocie, que se implique en su propio decir.
Pero el trabajo analítico no consiste en confirmar ese lugar.
Consiste, precisamente, en desmontarlo.
Porque si el analista se queda en ese lugar de saber, el paciente queda fijado en una posición de dependencia, esperando respuestas, esperando soluciones, esperando ser comprendido.
Y eso detiene el análisis.
El recorrido de un análisis implica un desplazamiento.
El analista, de ese lugar de sujeto supuesto saber, debe poder llegar a ocupar la función de objeto causa del deseo.
Es decir, dejar de ser quien “sabe” para convertirse en aquello que causa el deseo del sujeto, aquello que lo pone en movimiento, aquello que le permite desear.
Y esto es decisivo.
Porque el objetivo del psicoanálisis no es adaptar al sujeto, ni tranquilizarlo, ni enseñarle a relacionarse mejor.
Es producir un sujeto deseante.
Un sujeto que no esté atrapado únicamente en la repetición de sus síntomas, en sus modos de sufrimiento, en sus determinaciones inconscientes, sino que pueda hacer algo con eso.
Que pueda desear.
Y esto no se logra ofreciendo respuestas.
Se logra sosteniendo una posición que permita que algo del deseo aparezca.
Por eso la transferencia no se utiliza para construir una relación,
se utiliza como instrumento de trabajo.
Es el lugar donde el sujeto repite… y donde puede, eventualmente, dejar de repetir.
Y ahí la intervención del analista —interpretar, señalar, cortar— no apunta a explicar, sino a producir un efecto.
Un efecto de desplazamiento.
Un efecto de apertura.
Un efecto de deseo.
Por eso decimos que el psicoanálisis no es una terapia relacional.
No busca mejorar la relación con el otro.
Busca transformar la relación del sujeto con su propio deseo.
Y esto exige algo muy riguroso del lado del analista.
Porque el mayor obstáculo no es el paciente.
Es el propio analista.
- ¿Desde dónde escucha?
- ¿Desde su saber?
- ¿Desde sus ideales?
- ¿Desde sus propias identificaciones?
¿O desde una posición que le permita no saber demasiado, para que el otro pueda empezar a saber algo de sí?
Ahí está la diferencia.
El psicoanálisis no es una técnica de relación.
Es una práctica que trabaja con aquello que, en toda relación, se escapa.
Y por eso sigue siendo necesario.
Porque el sufrimiento humano no se reduce a problemas de vínculo.
Tiene que ver con la manera en que cada sujeto está comandado por su inconsciente.
Y eso no se repara.
Se trabaja para transformarlo.
Gracias por vuestra pregunta, porque nos permite ir al corazón de la práctica.
Y como siempre os digo, si algo de esto te parece que tiene que ver contigo si hay preguntas que no encontráis dónde decir…
El psicoanálisis es un lugar para eso.
Puedes contactar conmigo en la web o en mi WhatsApp: + 34 664 222 008
Nos vemos en el próximo programa.
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