ESPACIO DE PSICOANÁLISIS Y SALUD MENTAL
Desarrollo del aforismo de Miguel Oscar Menassa: «Hay algo de trabajo en el goce más superficial, en el goce más etéreo hay algo de trabajo. Y el que no se quiera dar cuenta, que siga viviendo con su madre».
Hoy partimos de una pregunta muy interesante de uno de nuestros seguidores. Nos decía que no entendía el aforismo que trabajamos un lunes en La diversión del trabajo:
“Hay algo de trabajo en el goce más superficial, en el goce más etéreo hay algo de trabajo. Y el que no se quiera dar cuenta, que siga viviendo con su madre”.
Y es una buena pregunta, porque cuando algo no se entiende en psicoanálisis, no es que esté mal formulado, sino que toca algo que todavía no se ha podido pensar.
El aforismo apunta a una cuestión central: la relación entre el trabajo y el goce. Y aquí vamos a hacer un primera precisión. Cuando en psicoanálisis hablamos de trabajo, no estamos hablando solamente del trabajo laboral, del empleo, de la actividad productiva en el sentido económico. Hablamos de trabajo psíquico.
Freud ya nos enseñó que el aparato psíquico trabaja. Trabaja para producir un sueño, trabaja para producir un síntoma, trabaja para producir un chiste. Hay trabajo inconsciente. Es decir, nada de lo que nos pasa “simplemente pasa”. Siempre hay un trabajo, aunque el sujeto no lo sepa.
Entonces, cuando Menassa dice que “hay algo de trabajo en el goce más superficial”, está señalando que incluso aquello que parece inmediato, fácil, superficial—un placer inmediato, una satisfacción rápida, una distracción— implica un trabajo previo. El aparto psíquico siempre está trabajando.
No hay goce sin trabajo.
Lo que ocurre es que ese trabajo, muchas veces, no es reconocido como tal. El sujeto cree que “disfruta sin más”, que “le apetece”, que “le sale natural”. Pero eso que llama natural es el resultado de una fuerza pulsional, de una represión, de una elección inconsciente.
Y añade: “en el goce más etéreo hay algo de trabajo”. Aquí ya podríamos hablar de otro tipo de trabajo, en aquello que parece más elevado, más espiritual, aparentemente más desligado de lo material pero con efectos en lo material—el arte, el amor, el pensamiento— hay trabajo. Trabajo de elaboración, de renuncia, de sublimación de la pulsión.
El goce no es gratuito. Siempre tiene un coste.
Y aquí viene la frase que puede generar más rechazo o más malentendido:
“Y el que no se quiera dar cuenta, que siga viviendo con su madre”.
Esto no es una provocación sin más. Es una formulación muy precisa.
“Seguir viviendo con su madre” no hay que tomarlo solamente en sentido literal. No se trata de si uno vive o no físicamente con su madre. Se trata de una posición psíquica.
Es la posición de quien no quiere saber nada del trabajo que implica su propio goce. De quien quiere gozar sin pagar el precio. De quien pretende una satisfacción sin pérdida, sin renuncia, sin trabajo.
Eso, en psicoanálisis, sabemos que no es posible.
El niño, en su relación con la madre, está en una ilusión de completud. Cree que el Otro le dará todo, que no hay falta, que no hay límite. Pero para que un sujeto se constituya como tal, tiene que producirse una separación, una pérdida, una entrada en la ley, en el lenguaje.
Ahí empieza el trabajo.
Trabajar, en este sentido, es aceptar que no hay goce pleno, que todo goce está atravesado por la falta, que hay que producirlo, construirlo, transformarlo.
Por eso, el aforismo también tiene una parte ética.
Porque uno puede elegir no querer saber nada de esto. Puede elegir quedarse en una posición infantil, esperando que el goce venga dado, que otro lo proporcione, que la vida le satisfaga sin que él tenga que implicarse.
Pero eso tiene consecuencias: estancamiento, sufrimiento, enfermedad psíquica, enfermedad física.
En cambio, quien acepta el trabajo —el trabajo de analizarse, de hablar, de ser interpretado, de renunciar a ciertas satisfacciones infantiles, fáciles, inmediatas, para producir otras, incluyendo a lo social, a los otros, su propio deseo— puede acceder a otra relación con el goce.
Un goce menos mortificante, más ligado al deseo.
Y aquí podemos enlazar con el título de nuestra sección de los lunes: La diversión del trabajo.
Porque hay una paradoja fundamental: el trabajo no se opone al goce. No es que primero trabajemos y luego, si queda tiempo, disfrutemos. No.
El trabajo es condición del goce.
Pero no cualquier trabajo. No el trabajo alienado, automático, sin sujeto. Hablamos del trabajo psíquico, del trabajo de producirse como sujeto deseante.
En ese sentido, la “diversión del trabajo” no es un eslogan motivacional. Es una verdad psíquica.
Cuando uno se pone a trabajar —de verdad— con su palabra, con su deseo, con su inconsciente, empieza a aparecer otra forma de satisfacción.
No inmediata, no superficial, pero sí más consistente y con efectos más beneficiosos para si mismo.
Entonces ahora volvamos a la pregunta inicial:
Quizá ahora la pregunta ya no sea “¿qué significa el aforismo?”, sino “¿qué hago yo con eso?”.
¿Quiero seguir pensando que mi goce es algo dado, natural, sin trabajo?
¿O estoy dispuesto a implicarme en el trabajo que lo produce?
Porque, en última instancia, de eso se trata en un psicoanálisis: de dejar de vivir “con la madre” —en ese sentido psíquico— para empezar a producir una vida propia. Y eso en definitiva, es lo que te hace vivir mejor los años futuros.
Muchas gracias por acompañarme una semana más en Espacio de Psicoanálisis y Salud Mental.
Soy Virginia Valdominos, psicóloga y psicoanalista, y os espero en el próximo programa.
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