Hoy en Espacio de Psicoanálisis y Salud Mental partimos de una pregunta muy interesante que nos hace uno de nuestros seguidores:
¿Por qué se usa tanto la palabra “erótico” en psicoanálisis?
Y la respuesta, aunque pueda sorprender, es muy sencilla en su fundamento y muy compleja en sus consecuencias:
Porque el ser humano es, ante todo, un ser erótico.
Pero cuidado, aquí hay que hacer una primera precisión fundamental.
Cuando en psicoanálisis hablamos de lo erótico, no estamos hablando simplemente de lo sexual en el sentido vulgar o genital. No estamos hablando de prácticas, ni de moral, ni de comportamiento observable.
Estamos hablando de otra cosa.
Estamos hablando de la energía que pone en movimiento la vida psíquica.
Desde Sigmund Freud sabemos que el aparato psíquico está atravesado por lo que él llamó la libido, es decir, una energía pulsional que busca satisfacción. Y esa energía es, en esencia, erótica.
¿Eso qué quiere decir?
Que todo aquello que nos importa, que nos interesa, que nos hace desear, que nos hace sufrir, que nos hace crear…
está teñido por lo erótico.
El trabajo puede ser erótico.
El pensamiento puede ser erótico.
Una conversación puede ser erótica.
Incluso un síntoma puede ser erótico.
¿Por qué?
Porque lo erótico no es el objeto, sino la relación que el sujeto establece con ese objeto.
Y aquí es donde el psicoanálisis introduce una ruptura radical con la manera habitual de entender al ser humano.
Porque mientras otras disciplinas intentan corregir conductas o eliminar síntomas, el psicoanálisis se pregunta:
¿Qué satisfacción hay en eso que te hace sufrir?
Y esta es una pregunta profundamente incómoda.
Porque implica reconocer que en el síntoma, en la repetición, en aquello que decimos que no queremos…
hay también una forma de goce.
Y ese goce es de orden erótico.
Por eso hablamos tanto de lo erótico.
Pero hoy vamos a dar un paso más.
Porque si nos quedamos solo con esto, el psicoanálisis quedaría incompleto.
Desde Sigmund Freud, el psicoanálisis es, en su fundamento, dualista.
¿Esto qué quiere decir?
Que no solo hay una fuerza en juego.
No solo está Eros.
También está Thanatos.
Eros: las pulsiones de vida.
Aquello que une, que liga, que construye, que busca placer, que tiende al vínculo, al amor, a la creación.
Thanatos: las pulsiones de muerte.
Aquello que desliga, que separa, que destruye, que empuja a la repetición, al exceso, incluso a lo que va en contra de uno mismo.
Y esto es fundamental entenderlo.
Porque cuando en psicoanálisis hablamos de lo erótico, no estamos diciendo que todo sea “bonito”, “armónico” o “placentero”.
Lo erótico también puede estar al servicio de la destrucción.
También puede estar articulado con Thanatos.
Por eso vemos cosas que, desde fuera, resultan incomprensibles:
Personas que repiten relaciones que les hacen daño.
Sujetos que sabotean su propio éxito.
Síntomas que se mantienen a pesar del sufrimiento que producen.
¿Por qué?
Porque no todo en el ser humano tiende al bienestar.
Y esta es una de las grandes diferencias del psicoanálisis respecto a otros discursos actuales.
El psicoanálisis no parte de la idea de que el sujeto “quiere estar bien” de manera simple.
El sujeto está dividido.
Habita en él una tensión constante entre Eros y Thanatos.
Entre lo que construye y lo que destruye.
Entre lo que liga y lo que desliga.
Entre el deseo y la repetición mortífera.
Y lo más interesante es que esto no se presenta de manera separada.
No es que a veces actuemos desde Eros y otras desde Thanatos.
No.
Están entrelazados.
En el amor puede haber odio.
En el cuidado puede haber destrucción.
En el síntoma puede haber satisfacción.
Por eso el psicoanálisis habla de lo erótico.
Porque lo erótico no es solo placer.
Es también esa zona compleja donde el sujeto goza incluso en lo que le hace sufrir.
Y aquí aparece una idea clave:
El síntoma no es un error.
El síntoma es una solución.
Una solución de compromiso entre Eros y Thanatos.
Entre lo que el sujeto desea y lo que no puede soportar de ese deseo.
Por eso no basta con “quitar” el síntoma.
Porque si no se entiende su función, vuelve.
Se desplaza.
Se transforma.
Y aquí es donde el psicoanálisis propone algo radical:
No eliminar rápidamente el malestar, sino leerlo.
Leer qué lugar ocupa.
Leer qué satisfacción sostiene.
Leer cómo se articulan en cada caso Eros y Thanatos.
Hoy hemos puesto el acento en Eros, porque es lo que más llama la atención cuando hablamos de lo erótico.
Pero no olvidemos:
No hay Eros sin Thanatos.
Y no hay sujeto humano sin esa tensión.
Por eso el trabajo analítico no consiste en volverse “más positivo”, ni en eliminar lo negativo.
Consiste en poder hacerse responsable de la propia manera de gozar.
Y transformar la relación con eso.
No suprimiendo las pulsiones, que no se puede, sino psicoanalizándose para poner en juego otros destinos para la pulsión y así hacerla:
Más vivible.
Más productiva.
Más acorde a tu deseo.
Si algo de esto te toca, si reconoces en tu vida repeticiones, conflictos, relaciones que no entiendes…
No es casual.
Es estructura.
Y eso no se resuelve solo.
Se trabaja en el análisis.
En transferencia.
Asociando libremente.
En el proceso analítico.
Por eso, quizá, ha llegado el momento de comenzar tu psicoanálisis.
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