Hoy quiero que pensemos juntos algo muy cotidiano y, al mismo tiempo, muy profundo: las cenas de Navidad con la familia. Ese momento que muchos esperan con ilusión… y muchos otros con una mezcla de incomodidad, cansancio, anticipación ansiosa o directamente rechazo.
Desde el psicoanálisis, la familia no es solo un conjunto de personas con las que compartimos lazos de sangre. La familia es, ante todo, una estructura. Y más aún: una estructura presimbólica.
¿Qué quiero decir con esto?
Que la familia es el primer lugar donde el sujeto se constituye, antes incluso de tener palabras propias. Antes de poder decir “yo”, ya hay un lugar asignado: el hijo esperado, el no esperado, el fuerte, el débil, el que da problemas, el que cuida, el que calla, el que brilla, el que sobra.
La familia nos nombra antes de que podamos nombrarnos.
Y eso no desaparece con los años.
Por eso, cuando llega la Navidad y volvemos a sentarnos en esa mesa, no volvemos solo a una casa: volvemos a una escena psíquica muy antigua.
La familia no se elige (al menos al principio)
Una de las ideas más simples —y más duras— del psicoanálisis es esta:
la familia no se elige.
No elegimos en qué lugar nacemos, ni qué deseos estaban en juego cuando llegamos, ni qué conflictos ya estaban ahí antes de que existiéramos. Cada uno nace en una trama previa.
Y aunque luego nos independicemos, cambiemos de ciudad, tengamos pareja, hijos, proyectos…
cuando volvemos a la mesa familiar, algo de ese lugar originario se reactiva.
Por eso alguien que es jefe, empresaria, profesional brillante, puede sentirse de pronto pequeño, torpe o enfadado sin saber bien por qué.
No es que “regrese al pasado”. Es que el pasado puede ser actual en el aparato psíquico.
Las cenas como reedición de los conflictos
La cena navideña funciona como una escena de repetición.
Los mismos temas.
Las mismas frases.
Los mismos silencios incómodos.
Las mismas bromas que no son tan bromas.
Las mismas discusiones que “no sabemos cómo empezaron”.
Desde el psicoanálisis sabemos que lo no elaborado se repite.
Y la familia es el escenario privilegiado de esa repetición.
No porque las personas “quieran molestar”, sino porque cada uno queda capturado en su posición.
Uno habla de más.
Otro no habla nunca.
Uno provoca.
Otro intenta que no haya conflicto.
Uno se va a fumar.
Otro se levanta a ayudar en la cocina.
Y cada gesto tiene sentido… aunque no siempre lo sepamos.
El lugar que ocupamos en la familia
Aquí hay una pregunta clave que quiero dejarles:
¿Qué lugar ocupas tú en tu familia?
No qué rol oficial, sino qué función inconsciente.
¿Eres el que calma?
¿El que se sacrifica?
¿El que trae problemas?
¿El que “no necesita nada”?
¿El que sostiene a todos?
¿El que siempre llega tarde?
¿El que nunca está del todo?
Ese lugar no es casual.
Se construyó muy temprano, muchas veces como respuesta al deseo del Otro: padres, cuidadores, la estructura familiar.
Y salir de ese lugar no es tan sencillo.
Porque ese lugar, aunque duela, también organiza.
Da identidad.
Da pertenencia.
Da un modo de ser reconocido.
Por eso a veces cambiar genera tanta angustia:
si dejo de ser “el responsable”, ¿qué soy?
si dejo de ser “el problema”, ¿qué queda de mí?
La dificultad de salir de la escena familiar
Muchas personas dicen:
“Yo ya trabajé esto”,
“yo ya lo superé”,
“a mí ya no me afecta”.
Y sin embargo, llega la cena…
y el cuerpo responde antes que el pensamiento.
Irritación.
Cansancio.
Tristeza.
Ganas de irse.
O incluso síntomas físicos.
Esto no es debilidad.
Es estructura.
La familia es el primer lazo, y por eso es el más difícil de transformar.
No basta con entenderlo racionalmente.
Hace falta un trabajo psíquico, un trabajo de elaboración.
La Navidad y la exigencia de felicidad
A todo esto se suma algo muy propio de estas fechas:
la exigencia de felicidad.
“Es Navidad, hay que estar bien.”
“Es una noche especial.”
“No arruines la cena.”
“Hay que juntarse.”
Esta exigencia suele silenciar el malestar.
Pero el psicoanálisis nos recuerda algo fundamental:
la felicidad no se impone.
Y cuando se impone, suele volverse tiránica.
Muchas veces el conflicto no está en lo que se dice, sino en lo que no se puede decir.
Y el cuerpo, o el humor, o el síntoma, hablan por donde la palabra no puede pasar.
¿Qué propone el psicoanálisis frente a esto?
El psicoanálisis no propone “llevarse bien con la familia”.
Ni reconciliarse forzosamente.
Ni perdonar porque “es Navidad”.
Propone algo más modesto y más profundo: poder saber algo de la posición que uno ocupa.
Poder reconocer:
– qué me toca de esta escena
– qué no me toca
– qué puedo sostener
– y qué no
A veces el mayor acto de cuidado es poner un límite.
O irse antes.
O no entrar en una discusión conocida.
O aceptar que no todo se va a resolver.
Para cerrar
Las cenas de Navidad no son solo comidas.
Son escenas donde se juegan historias, deseos, pérdidas, identificaciones.
No hay una forma correcta de vivirlas.
Hay una forma singular para cada uno.
Si estas fechas te generan malestar, no es un fallo personal.
Es una señal de que algo merece ser escuchado.
El psicoanálisis ofrece un espacio para ese trabajo: no para cambiar a la familia, sino para cambiar la relación que uno tiene con esa escena.
Y eso, aunque no sea rápido ni fácil, suele ser profundamente liberador.
Virginia Valdominos. Psicóloga y Psicoanalista del Grupo Cero
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