¿Sería un buen posicionamiento psíquico hacia el éxito dividir el tiempo entre la familia y el trabajo?
¿Cómo elegir la proporción sin culpa?
¿O siempre habrá culpa y habría que reconciliarse con ella?
Esta pregunta parte de una ilusión muy extendida: la idea de que existe una proporción justa entre familia y trabajo que, si uno la encuentra, le permitiría vivir en paz, sin conflicto y sin culpa.
Desde el psicoanálisis diría: no.
No existe esa proporción ideal.
Y no existe una vida sin culpa.
Pero no porque uno compare su deseo con un ideal moral abstracto,
sino por algo mucho más antiguo, más profundo y más inconsciente.
Freud nos enseñó que la culpa no nace en la vida adulta por trabajar demasiado o por no estar suficiente con la familia.
La culpa nace en la infancia, en el corazón mismo del deseo humano.
Nace de los deseos sexuales y hostiles infantiles, reprimidos.
De ese deseo imposible: ocupar el lugar del padre y yacer con la madre.
De ese querer eliminar al rival para poseer el objeto amado.
Ese conflicto no desaparece.
Se reprime.
Se transforma.
Se sublima.
Pero deja un resto.
Y ese resto es lo que Freud llama sentimiento inconsciente de culpabilidad.
Por eso la culpa no se corrige con organización del tiempo,
ni con agendas mejor hechas,
ni con decisiones “equilibradas”.
La culpa ya estaba ahí antes de que eligieras entre familia y trabajo.
Entonces, ¿hay que dividir el tiempo entre familia y trabajo?
Sí, por supuesto.
Pero no para eliminar la culpa.
Eso es imposible.
Porque la culpa no viene de que trabajes mucho
ni de que trabajes poco.
Viene de un conflicto estructural entre tu deseo y aquello que fue prohibido desde el origen.
Ahora bien, lo decisivo no es cuántas horas dedicas a cada cosa.
Lo decisivo es desde qué posición psíquica lo haces.
Porque hay personas que trabajan de más no por ambición,
sino para huir del conflicto familiar.
Y personas que se refugian en la familia no por amor,
sino para no asumir su deseo profesional.
Y en ambos casos, la culpa no disminuye.
Aumenta.
¿Por qué?
Porque el conflicto infantil reprimido sigue actuando en la sombra.
El psicoanálisis no viene a decirte cuántas horas dedicar a cada cosa.
Viene a permitirte tocar ese núcleo antiguo del conflicto:
tus deseos infantiles reprimidos,
tus rivalidades inconscientes,
tus lealtades invisibles,
tu forma singular de situarte frente al padre, la madre, la autoridad, el éxito y el amor.
Y ahí aparece algo fundamental:
La culpa no se elimina.
Se elabora.
Cuando uno se psicoanaliza, la culpa deja de gobernar la vida desde lo inconsciente.
Deja de empujarte al sacrificio permanente.
O a la autoexigencia infinita.
O al sabotaje del éxito.
O a la repetición de conflictos entre familia y trabajo.
Y entonces pasa algo muy concreto:
Uno empieza a decidir mejor.
No más equilibrado.
No más perfecto.
Sino más responsable de su propio deseo.
Y eso mejora tanto la vida familiar como la profesional.
Porque un sujeto que trabaja desde su deseo
no vive la familia como una trampa.
Y un sujeto que ama desde su deseo
no vive el trabajo como una traición.
Así que no:
no hay proporción justa.
No hay fórmula mágica.
No hay vida sin culpa.
Pero sí hay una cosa que cambia radicalmente todo:
psicoanalizarse.
Porque sólo cuando uno trabaja sus deseos infantiles reprimidos
puede dejar de vivir dirigido por una culpa que no entiende
y empezar a vivir su vida —familiar y profesional—
no desde el mandato inconsciente,
sino desde su deseo.
Virginia Valdominos. Psicóloga y Psicoanalista del Grupo Cero
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