Buenas tardes y bienvenidos a un nuevo encuentro de Espacio de Psicoanálisis y Salud Mental.
Hoy quiero aprovechar un comentario que dejó uno de nuestros seguidores para hablar de una cuestión que, curiosamente, ya preocupaba a Sigmund Freud hace más de un siglo: la relación entre el psicoanálisis y la psiquiatría.
Es interesante comprobar cómo algunas discusiones parecen repetirse generación tras generación. Cambian los nombres, cambian los tratamientos, cambia el conocimiento científico, pero determinadas preguntas permanecen. ¿Se oponen el psicoanálisis y la psiquiatría? ¿Tiene que elegir el paciente entre una y otra? ¿Criticar los límites de una disciplina significa atacar a quienes la ejercen?
Freud respondió a estas preguntas en un texto extraordinario titulado «Psicoanálisis y Psiquiatría», perteneciente a las Nuevas Lecciones Introductorias al Psicoanálisis. Y lo primero que sorprende es el tono con el que comienza. No empieza intentando demostrar que los demás están equivocados. Ni siquiera parece interesado en ganar una discusión. Al contrario. Afirma que las polémicas científicas rara vez producen verdadero conocimiento y que, con demasiada frecuencia, terminan convirtiéndose en enfrentamientos personales. La ciencia —nos dice— no avanza porque una opinión derrote a otra, sino porque alguien observa con rigor un fenómeno, trabaja durante años sobre él y aporta nuevos hechos que obligan a ampliar lo que ya sabíamos.
Esta actitud es profundamente freudiana. Antes de pedir que aceptemos el psicoanálisis, nos pide algo mucho más modesto y, al mismo tiempo, mucho más exigente: que suspendamos nuestros prejuicios. Que no aceptemos sus afirmaciones por autoridad, pero que tampoco las rechacemos antes de conocerlas. Es una invitación a pensar, no a creer. El psicoanálisis, insiste Freud, no nació como una especulación filosófica ni como una opinión sobre la naturaleza humana; nació de la observación clínica, del encuentro cotidiano con pacientes y del intento de comprender aquello que hasta entonces permanecía inexplicado.
Para mostrar la diferencia entre la psiquiatría y el psicoanálisis, Freud presenta el caso de una mujer que desarrolla un delirio de celos. Se trata de una paciente convencida de la infidelidad de su marido, a pesar de que todas las pruebas objetivas indican exactamente lo contrario. La psiquiatría hace correctamente su trabajo: describe el cuadro clínico, reconoce que se trata de un delirio y señala que probablemente exista una predisposición para desarrollar ese tipo de enfermedad. Hasta aquí, Freud no plantea ninguna objeción. Todo eso le parece necesario y correcto.
Pero inmediatamente introduce una pregunta distinta. Si dos personas pueden tener una predisposición semejante, ¿por qué una desarrolla un delirio de celos y otra no? ¿Por qué precisamente ese contenido y no otro? ¿Por qué la enfermedad aparece en ese momento concreto de la vida? Son preguntas que el diagnóstico, por sí solo, no responde.
Y es aquí donde Freud sitúa el nacimiento del psicoanálisis. No como una alternativa a la psiquiatría, sino como una investigación de aquello que todavía permanece sin explicar. Mientras la psiquiatría describe el fenómeno, el psicoanálisis intenta comprender su lógica. No se conforma con saber que existe un síntoma; quiere averiguar por qué ese síntoma ha llegado a ocupar ese lugar en la vida de ese sujeto.
A través del análisis descubre que el delirio de la paciente no era un fenómeno absurdo ni un error sin sentido. Era la solución inconsciente que su psiquismo había encontrado para resolver un conflicto afectivo que ella no podía reconocer conscientemente. El síntoma dejaba entonces de ser un accidente incomprensible para convertirse en una formación con sentido, aunque ese sentido permaneciera oculto para quien lo padecía.
Freud dice expresamente que no existe contradicción entre la psiquiatría y el psicoanálisis. Todo lo contrario. Afirma que ambas disciplinas se completan mutuamente. La comparación que utiliza es muy elegante. Dice que la relación entre ellas es semejante a la existente entre la Anatomía y la Histología. La Anatomía estudia los órganos; la Histología estudia los tejidos y las células que forman esos órganos. Nadie pensaría que una invalida a la otra. Simplemente trabajan en niveles distintos de observación de una misma realidad.
Señala que quien suele enfrentarse al psicoanálisis no es la psiquiatría como disciplina científica, sino algunos psiquiatras. No está criticando una ciencia, sino una actitud intelectual: la de quien considera innecesario investigar aquello que todavía desconoce. De hecho, Freud termina expresando una esperanza. Confía en que llegará un momento en que la propia psiquiatría incorpore el conocimiento de los procesos inconscientes, porque una ciencia de la vida psíquica no puede considerarse completa mientras ignore una parte tan importante de su funcionamiento.
Freud propone ampliar el conocimiento sobre el ser humano. Comprender que describir un síntoma y comprender su sentido son dos tareas diferentes. Y afirma que una psiquiatría verdaderamente científica deberá incorporar también el estudio de los procesos inconscientes que participan en la vida psíquica.
Integrar una formación psicoanalítica en su práctica clínica lleva a los psiquiatras no a abandonar la farmacología, sino simplemente a disponer de más herramientas para comprender a la persona que tienen delante. Ya no tratar únicamente un conjunto de síntomas, sino también la historia, los conflictos y la singularidad del sujeto que los padece. Ese conocimiento permite que el tratamiento no se limite a aliviar el sufrimiento presente, sino que favorezca transformaciones más profundas en la manera de vivir, de relacionarse y de afrontar el futuro.
Más de cien años después, creo que sigue siendo una magnífica lección de método científico y, sobre todo, de humildad intelectual.
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