Pulsión de vida y pulsión de muerte en Freud
Cuando hablamos de vida y muerte desde el psicoanálisis, no estamos hablando de estos conceptos en sentido popular, filosófico o religioso. Estamos dentro de un campo científico, con un marco teórico y clínico preciso. Por eso, para el psicoanálisis, hablar de vida y muerte es hablar, con mayor exactitud, de **pulsión de vida** y **pulsión de muerte**.
Estas dos pulsiones están siempre en juego en nuestras conductas, en nuestros síntomas, en nuestras relaciones amorosas, en nuestros éxitos y en nuestros fracasos. En todo lo que hacemos y en todo lo que nos pasa, siempre hay una combinación compleja de pulsión de vida y pulsión de muerte.
No hablamos únicamente de que nacemos y vamos a morir, aunque la mortalidad forme parte de nuestra condición humana. Desde que nacemos somos mortales. Tenemos la muerte tatuada en el cuerpo. Pero una cosa es decir “sé que soy mortal” y otra muy distinta es vivir habiendo asumido esa mortalidad.
Qué es la pulsión para el psicoanálisis
Para comprender la vida y la muerte en psicoanálisis es necesario recordar el concepto de pulsión.
La pulsión es un concepto límite entre lo anímico y lo biológico. Es el punto de unión entre la psique y el cuerpo. Tiene una fuente biológica, pero se define por el trabajo psíquico que exige al sujeto.
La pulsión nace en determinadas zonas del cuerpo: la boca, el ano, los genitales, los ojos. Pero no se satisface plenamente en un objeto. La pulsión sale de la fuente, rodea al objeto y vuelve al yo del sujeto.
Por eso, en la pulsión podemos distinguir varios elementos: la fuente, la fuerza, el objeto y la meta. La meta de la pulsión es siempre la satisfacción, pero esa satisfacción no consiste en atrapar definitivamente el objeto, sino en el recorrido mismo de la pulsión.
Así, aunque la pulsión tenga una fuente orgánica, hablamos de una fuerza psíquica. Y estas fuerzas actúan en nosotros continuamente.
Eros: la pulsión de vida
La pulsión de vida es la fuerza que tiende a la unión. Nos lleva a unirnos en pareja, en familia, en grupos, en comunidades, en proyectos, en conversaciones, en vínculos con otros.
En psicoanálisis también la llamamos **Eros**, amor, en el sentido de aquello que une. La energía de Eros es la libido.
La pulsión de vida construye unidades cada vez más amplias. Hace posible el amor, el trabajo, la cultura, la creación, la familia, la empresa, el estudio, la escritura, la producción de obras y el sostenimiento de proyectos a lo largo del tiempo. Pero no todo puede ser unión. También es necesario separarse.
La pulsión de muerte como puntuación
La pulsión de muerte no significa que las personas quieran morir. Significa que hay en el sujeto una tendencia hacia lo inorgánico, hacia el futuro donde está la muerte. Nacemos a morir. Nuestro cuerpo tiene escrita su fecha de caducidad.
Pero, en la vida psíquica, la pulsión de muerte también puede entenderse como puntuación. Es aquello que pone fin, que separa, que introduce un límite.
La pulsión de vida une. La pulsión de muerte separa. Y ambas son necesarias para la vida.
Un ejemplo sencillo: dos enamorados se besan. Si no se separaran nunca, morirían asfixiados. Hay que separarse para respirar, para ir a trabajar, para comer, para vivir.
Lo mismo ocurre en un texto. Si todas las palabras estuvieran juntas, sin comas, sin puntos, sin pausas, no entenderíamos nada. La puntuación permite leer. La pulsión de muerte introduce esa función de corte que hace posible que algo tenga sentido.
Por eso pulsión de vida y pulsión de muerte no son simplemente opuestas. Trabajan juntas. Las dos trabajan para la vida.
Más allá del principio del placer
Freud formula la pulsión de muerte en *Más allá del principio del placer*, en 1920.
Hasta entonces, el principio del placer parecía explicar el funcionamiento del aparato psíquico: el sujeto buscaría placer y evitaría displacer. Pero Freud encuentra fenómenos que no encajan con esa hipótesis.
Uno de ellos es la neurosis traumática. Soldados que vuelven de la guerra sueñan una y otra vez con las escenas traumáticas: la batalla, la emboscada, la muerte de otros soldados. Si el sueño es una realización de deseos sexuales infantiles y reprimidos, ¿por qué soñar repetidamente con aquello que produce sufrimiento?
Freud observa que ahí hay algo más allá del placer.
También observa el juego del niño con el carrete: el famoso juego del *fort-da*. El niño tira el objeto fuera de su vista y luego lo hace volver. Ausencia y presencia. Pérdida y reaparición. Una manera de trabajar psíquicamente la ausencia de la madre, de producir una primera forma de control sobre algo que escapa a su dominio.
El niño empieza así a construir una pieza fundamental de la vida psíquica: la presentificación de la ausencia.
Y esto no sólo concierne a la infancia. Hay adultos que sufren enormemente cuando se quedan solos, que no pueden separarse de sus parejas, que no toleran que el otro se vaya por un tiempo y luego vuelva. La presencia y la ausencia son operaciones psíquicas complejas.
La compulsión a la repetición
La pulsión de muerte también está ligada a la compulsión a la repetición. Vemos personas que, cuando están a punto de triunfar, hacen algo para fracasar. Personas que repiten errores que se habían prometido no repetir. Personas que tropiezan una y otra vez con la misma piedra.
Si el ser humano buscara solamente el placer y evitara el sufrimiento, estas conductas no existirían. Pero existen. Por eso Freud necesita teorizar la pulsión de muerte.
La pulsión de muerte es puntuación, inmovilidad, repetición. La pulsión de vida es unión, movimiento, construcción de unidades cada vez más amplias. Pero ambas están siempre mezcladas.
No se puede vivir pisando permanentemente el acelerador. En algún momento hay que levantar el pie. Incluso hay que frenar. También eso forma parte de la vida.
La vida psíquica como relación compleja entre ambas pulsiones
La vida psíquica es el resultado de una compleja relación entre pulsión de vida y pulsión de muerte.
Por eso el psicoanálisis no tiene nada que ver con la moral. No divide a las personas en buenas o malas. No condena. No juzga. Psicoanaliza.
El psicoanálisis permite comprender de qué manera el sujeto deseó para llegar a la situación en la que se encuentra actualmente. Muchas veces aquello que parece un problema externo hunde sus raíces en conflictos o complejos inconscientes.
Una persona puede desear prosperar profesionalmente, tener talento, oportunidades y capacidad. Sin embargo, cuando aparece la posibilidad real de crecimiento, algo ocurre: se retrasa, abandona, discute precisamente con quien podría ayudarle, pierde oportunidades, se enferma o se distrae.
Desde fuera parece una contradicción. Pero el sujeto humano es contradictorio porque es un sujeto dividido. Una parte puede decir que quiere avanzar y otra parte inconsciente puede hacer exactamente lo contrario.
El trabajo del psicoanálisis
El psicoanálisis trabaja regulando cantidades en el aparato psíquico. Cantidades pulsionales de vida y de muerte. También transforma el recorrido de la pulsión, su objeto y su fin.
Allí donde antes había represión, puede abrirse el camino de la sublimación.
Freud lo formulaba diciendo: donde ello era, yo ha de advenir. Allí donde gobernaban procesos inconscientes desconocidos, el sujeto puede construir un yo con mayor capacidad para elaborar y trabajar lo inconsciente.
Una persona que se psicoanaliza no deja de tener conflictos. Lo que cambia es su relación con ellos. Empieza a reconocer sus mecanismos de repetición. Empieza a descubrir cómo elige determinadas situaciones. Empieza a producir nuevas maneras de elaborar sus deseos.
Entonces algo cambia. La energía que antes se destinaba a producir síntomas, sufrimiento o fracasos puede ponerse al servicio del trabajo, del amor y de la creación.
Amar y trabajar
Trabajo y amor son dos manifestaciones de una adecuada combinación entre pulsión de vida y pulsión de muerte. El neurótico tiene dificultades para amar y trabajar. Por eso el psicoanálisis no apunta a una adaptación pasiva a la realidad, sino a producir nuevas posibilidades.
Vivir no es simplemente respirar, consumir, pasar el tiempo o esperar que las cosas sucedan. Vivir implica producir, transformarse, construir, desear, crear nuevas maneras de relación con los otros y con el mundo.
La vida psíquica no está dada. Hay que construirla.
Nacemos sin psiquismo constituido. El niño tiene que construir su máquina de desear. Primero vive en el deseo de la madre y del padre, pero quedarse ahí sería vivir la vida que otro desea para uno. Para vivir la propia vida hay que producir el propio deseo.
Y el deseo, para el psicoanálisis, no es simplemente lo que uno quiere hacer. Es una complejidad. Es producto de un trabajo. Implica a los otros, implica conocimiento, transformación y construcción.
Síntomas, deseo inconsciente y transformación
Hay personas vivas biológicamente que están detenidas desde el punto de vista psíquico: sin proyectos, sin deseo, sin capacidad para construir algo nuevo. Y hay personas que, aun atravesando grandes dificultades materiales, continúan creando, estudiando, amando y trabajando. La diferencia no está solamente en las circunstancias externas. Está en la realidad psíquica.
Por eso los síntomas muchas veces son una llamada. Una forma de hablar. El deseo inconsciente habla. Cuando no encuentra otro camino, puede hacerlo por medio del síntoma o de la enfermedad.
El saber inconsciente sabe más que la conciencia. Cuando se despierta, aumenta la inteligencia, la energía y la capacidad de trabajo. Cuando está reprimido, busca otras maneras de expresarse.
Por eso comenzar un psicoanálisis es apostar por la vida. No porque vaya a eliminar todas las dificultades. No porque prometa una felicidad permanente. Sino porque permite producir algo nuevo allí donde algo se repetía una y otra vez.
El psicoanálisis abre puertas en la mente. Permite transformar sufrimiento en trabajo psíquico. Permite pasar de la represión a la sublimación. Permite hacer de la propia historia algo diferente. La vida no es simplemente lo que nos ocurre. Es también aquello que somos capaces de producir con lo que nos ocurre.
Comience su psicoanálisis
Si siente que determinadas situaciones se repiten en su vida, si atraviesa síntomas, inhibiciones, dificultades en el amor, en el trabajo o en la relación con los otros, comenzar a hablar puede ser el primer paso para producir una transformación.
El psicoanálisis permite conocer en qué deseo se está viviendo y comenzar a construir un deseo propio.
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